Foto | Vía

Me siento en la cumbre del mundo cuando el
viento golpea con violencia mi rostro y las penas del universo se acoplan a mi
alma, cierro los ojos y aspiro nostalgia. Estoy agotada y tranquila.
Se que mi ridícula escritura para describir la
presencia de la tristeza es absurda y lastimera. Vivo en el extremo sur de
Chile, el frío por las mañanas escarcha el rostro, pies y manos, hace que duelan
los ojos al mirar la montaña, hay un sol de invierno que amenaza con abandonarnos
y el silencio es la música que nos acompaña a diario.
La tos de mi compañera intranquiliza el
ambiente, la leña está escasa, parecemos exiliadas dentro de nuestro propio
país, no tenemos la culpa de nacer aislados en este vasto territorio selvático,
donde los doctores ya no pueden venir a vernos por que el río que bloquea la
isla del continente está furioso con los chilenos. Ya nadie nos recuerda,
pareciera que los problemas con las pasarelas en las ciudades han echo
postergar nuestras herencias terrenales. Combaten contra las maquinas que ellos
han creado, y ahora somos victimas de sus errores.
Los pensamientos son interrumpidos por Laura-¡Acá
está prohibido enfermarse!- mientras prepara un té azucarado. -La lluvia no acabará
esta noche, agrega con tono preocupado. Nos sentamos frente a la ventana con
frazadas en la espalda y piernas mientras que el vapor del té se disuelve en la
atmósfera y el fuego nos escolta con pequeños estallidos de calor.
Es lindo distinguir el agua sobre las hojas de
los árboles, y oír la sinfonía que improvisa el diluvio al derrumbarse contra
el pasto, es perfecto detenerse un instante en el espacio y disfrutar de las
melodías que nos regala la tierra. En esta zona no existe el tiempo, todos los
días son diferentes, y continuamente hay cosas que hacer para sobrevivir
acoplándose a la naturaleza sin dañarnos.
Los turistas que nos visitan en verano tienen
una apreciación vaga de lo que es el lugar, recuerdo cuando un extranjero manifestó
su agrado por la naturaleza, pero inconcientemente arrojaba restos de papel al
río y todo aquello que se interpusiera en su camino como marcando territorio,
tuve que detenerlo y solicitarle con tono amable que usara los basureros del
sector, con la sangre en su rostro, avergonzado, dejo de hacerlo y continuamos
por los senderos, si cobráramos multa por papel o basura arrojada ya tendríamos
un puente para cruzar la isla y una clínica equipada. Hay turistas inconcientes,
pero también existen aquellos que se escapan de las ciudades y protegen el
sector que los cobija de la urbe.
Laura tiene razón la lluvia no cesará esta
noche, el calor del fuego ya comienza a intimidar el frío y el cansancio incita
a intermitentes bostezos involuntarios que expelen de nuestras bocas, las camas
deben estar tibias con los guateros que dejamos entre las sabanas, cuando el
fuego se consume nos vamos a dormir.
Hoy es un día hermoso, la nieve sobre la
montaña está tan blanca que es imposible mirarla por más de cinco segundos, al
salir de la cabaña el vapor que brota del barro es una danza perfecta. Laura se
había despertado más temprano y me dice sonriendo mientras recoge la leña del jardín
-¡esta viva!, ¡viva!, ambas nos reímos recordando la película de frankestein,
la ayudo con su trabajo; una vez encendido el fuego nos vamos al almacén del
“guatón simpático”. En el camino vemos a Martita con rostro desconsolado, al
acercarnos nos cuenta que un volcán ha estallado y su familia habita en ese
sector, Laura trata de calmarla mientras yo intento comunicarme con gente de la
zona, pero todo es imposible, pareciera que la tierra estuviera celosa de las
comunicaciones.
Unos minutos más tarde la convencemos para que
nos acompañe al almacén con la idea de intentar comunicarnos desde allá, al
ingresar están todos los habitantes viendo la escasa señal que se ve del
televisor. Las imágenes son impresionantes, el río arrasando y despojando los
recuerdos ajenos de su existencia, el rostro amargo de la gente que es
expulsada de sus viviendas y un cráter en erupción… estamos paralizados tratando
de entender que el planeta está cambiando y el sufrimiento es nuestra cosecha.
Bastaron unos minutos para notar que el cielo azul se esta oscureciendo con
restos de cenizas y espeso humo negro, algunos asustados corren a sus casas pensando
que las paredes de madera soportaran el calor demente del fuego igual como
aguantan la escarcha insensata de la madrugada, estamos confundidos, el
desconcierto de nuestra existencia está sumergida en laberintos subterráneos y
pareciera que el abandono nos abrigara entre sus crueles extremidades.
Nos vamos a casa y dejamos a Martita en el
almacén, el fango apresa los movimientos
de mis pies, ¡pareciera que la tierra me quisiera tragar!, casi no
distingo el camino cubierto entre cenizas y bruma, hasta que por fin vemos la
cabaña, al ingresar todo es diferente, la serenidad retorna, pero la
impaciencia por saber que ocurrirá perjudica la armonía en casa.
Nos informan por radio, desde el almacén, que
nos desalojaran a todos porque es demasiado peligroso quedarse en esta zona. Mi
entorno se vuelve inestable y el descontrol trato de pacificarlo, Laura llora y
me pregunta que haremos, donde viviremos,
¿regresaremos?, trato de calmarla mintiéndole como lo haría una
individuo en momentos desastrosos para salvar a su gente.
Desfilan las horas sobre el reloj y todo parece
orientarse hacia un infame futuro, advierto entre la bruma soldados que
intentan abrir con violencia la puerta, Laura se adelanta y los deja entrar,
ellos disgustados piden que salgamos, sus ojos aterrorizados crean pánico y hacen
pensar que se esconde algo monstruoso entre la neblina, exclaman que no nos alarmemos,
todo estará bien, laura insiste en que
le prometan que volveremos, los soldados ignorando sus suplicas comienzan a
empujarnos, intento ayudarla, pero mis escasas fuerzas no auxilian sus imploraciones.
Los soldados realizan el trabajo indecente de protegernos y apartarnos de las
raíces, mientras que nosotras con angustia gritamos y arañamos el barro y pasto
de la tierra para poder quedarnos, entre la riña y los chillidos de Laura veo
de reojo a Martita desahuciada fuera de su hogar, a Laura tomándose la cabeza con
sus desgastadas manos y nuestro nido desapareciendo entre las cenizas…luego
observo mis uñas que se llevan escasos recuerdos
de lodo y sangre. Lloro con apatía acariciando el pasado…
En el cielo diviso el sol negro que nos despide
del pueblo, es el astro que hemos teñido con petróleo, es la tierra que una vez
más manifiesta lo viva que está y nos puede expulsar de donde quiera, me siento
desheredada y entristecida…
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